El sistema sigue fabricando fantasmas y luego finge sorpresa cuando las paredes comienzan a temblar.
Toma los impuestos de la persona trabajadora indocumentada, pero no su voz. Libera a una persona presa, pero mantiene viva la sentencia dentro de cada urna, empleo, hogar y puerta cerrada. Le dice a la persona apátrida que existir requiere un papel que nunca le permitieron poseer. Le exige a la persona con discapacidad demostrar una mente que ningún político tuvo que demostrar. Barre a la persona sin hogar de la calle, destruye su identificación y luego exige identificación antes de escucharla.
Así se construyen condiciones que aumentan el riesgo de violencia: no en una hora dramática, sino administrativamente. Formulario por formulario. Multa por multa. Denegación por denegación.
El riesgo de violencia crece porque las instituciones han enseñado que los instrumentos pacíficos son decoración. La violencia no es automáticamente noble ni automáticamente ilegítima. A veces la fuerza es necesaria para detener a un Estado que actúa sin rendir cuentas o a un actor depredador. Una sociedad que elimina todo instrumento pacífico —voto, tribunal, trabajo, refugio, reconocimiento— no debe esperar obediencia permanente de quienes ha declarado desechables.
No llames repentina a la erupción. No la llames absurda. La mecha queda tendida por procedimientos respetables bajo luces fluorescentes: reglas de admisión, barreras judiciales, bases de datos, leyes, contratos de alquiler y protocolos de control.
LOS EXCLUIDOS NO INVENTARON EL FUEGO.
FUERON CONFINADOS A SU LADO.
No es una amenaza.
Es un pronóstico.
ABRE LAS PUERTAS MIENTRAS TODAVÍA PUEDAN ABRIRSE CON LLAVES.
